Francia: sí rotundo a la Fiesta

Así hablaba La Razón en 2012 sobre el blindaje legal de la Fiesta Brava en Francia.

El toreo es un arte que nada tiene de ilegal en Francia. El Consejo Constitucional galo así lo zanjó ayer, y de manera definitiva, cortando el paso a las veleidades de dos asociaciones «anticorrida» que acudieron a la Alta institución buscando la prohibición de la fiesta taurina. Según los «sabios» del Consejo no hay inconstitucionalidad alguna en la celebración de corridas de toros en las regiones del sur de Francia en las que, como señala la ley, existe una «tradición local ininterrumpida». Tan ininterrumpida como que los primeros festejos en un coso francés se remontan a mediados del siglo XIX.

La paradoja gala es que en Francia los toros no son una fiesta nacional sino una excepción. Una más de las que componen la peculiar «especificidad francesa». El Código Penal es claro: «Los actos  de crueldad hacia un animal doméstico o en cautividad, están castigados con dos años de cárcel y 30.000 euros de multa». Prohibición que no se aplica a las corridas siempre que exista arraigo cultural aunque en la práctica desde una decisión del Tribunal de Pau en 2000, solo se tolera en cuatro regiones meridionales: Aquitania, Midi-Pyrénées, Languedoc-Rosellón y Provenza-Alpes-Costa Azul.

Una embestida más de los «anti» al vacío para satisfacción de los dos millones de aficionados a la tauromaquia en Francia y numerosas personalidades de la Cultura gala. Un arte que ya recibió hace un año el espaldarazo del Gobierno de Nicolas Sarkozy al inscribir esta práctica ancestral en el patrimonio cultural inmaterial francés y que para la Unión de Villas Taurinas su legitimidad está ahora «grabada en el mármol constitucional». Hasta el ministro del Interior, el socialista Manuel Valls, nacido en Barcelona, ha defendido la pervivencia de una tradición «que forma parte de la cultura de mi familia». Firme defensor de la causa, Christian Lacroix ha salpicado su Alta Costura de multitud de referencias taurinas. Obsesionado, desde su infancia en Arles, tierra de toros,  por el «rojo sangre» que teñía el albero de la plaza al final de una faena. Filósofos e intelectuales como el controvertido Alain Finkielkraut no escondía su entusiasmo ante el portentoso trabajo de José Tomás la pasada semana en la plaza Nîmes, junto a rostros del celuloide galo como Edouard Baër. Una arena a la que durante tiempo fue asiduo el actor Gérard Depardieu atraído por la liturgia de la corrida taurina, un «ritual sublime», y que considera los argumentos de los «anti» «más peligrosos que los propios matadores». «La muerte de un toro en público no puede dejar a nadie indiferente. Pero alguien percibe la dimensión estética y metafísica de la corrida» declaraba hace solo unos meses el arquitecto francés Jean Nouvel que la equipara con «una metáfora de las etapas de la vida, trascendida por toreros que arriesgan su propia piel». Por eso se opone férreamente a los postulados de los abolicionistas. «Es como renegar la cultura. Nada es más fácil y deshonesto que recoger firmas contra la tauromaquia sin conocerla» reconocía al diario Midi Libre.

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