Reflexiones del filósofo Quintana Paz sobre el Toro de la Vega

Miguel Ángel Quintana Paz ha escrito lo siguiente sobre el Torneo del Toro de la Vega:

Creo que no es difícil convenir en que hay dos cosas que hacen furor en nuestra sociedad: ponernos a opinar todos de todo y ponernos a prohibir todo aquello que no nos guste. A cualquier filósofo le apasionarán ambos asuntos, pues tienen que ver con dos valores para nosotros capitales: la verdad y la libertad. Valores demasiado relevantes para pensar sobre ellos solo en abstracto; por ello en mi caso, lo confieso, siento una irresistible atracción por aquellas ocasiones en que a la gente le encanta hablar sin saber y aquellas otras en que otra gente (o, a menudo, la misma gente) le encanta ponerse a prohibir cosas a los demás, sin que a ellas les ataña un comino.  

Ese es el motivo por el que, sin ser muy taurino yo (creo que habré asistido en toda mi vida a dos o tres corridas de toros), me sentí muy atraído en cuanto que supe de su existencia por el rito secular de Tordesillas conocido como el Toro de la vega. Pues en cuanto que me informé un poco sobre él constaté entusiasmado dos cosas. 

La primera, que la inmensa mayoría de lo que cuentan sobre él en los medios de comunicación es erróneo, cuando no interesadamente manipulado. Creo que que mi manipulación favorita fue la de un pie de foto del diario El País, hace unos años, en que bajo la imagen de un toro que embestía a un todoterreno de la Guardia Civil se “explicaba” que el astado estaba buscando protección bajo el cobijo de la Benemérita. Es muy divertido tenerle que explicar a ciertos periodistas que no, que un toro no sabe quiénes son y cuál es la función de protección civil de unos guardias y que no, que embestir un coche no es una buena manera de aproximarte a un vehículo de tan honroso cuerpo policial.  

En cuanto a las falsedades, han resultado aún más clamorosas: en el intento periodístico de contar a la gente una cosa distinta de lo que de veras ocurre cada año, desde hace siglos, en Tordesillas es habitual leer o escuchar idioteces fácilmente comprobables como que “miles de lanceros” acuden a la Vega (en realidad suelen ser poco más de dos docenas; el resto son espectadores -y cada año más, por cierto: parece una fiesta con mucho futuro); que todos ellos alancean al toro (en realidad solo lo hace uno, pues el primero que le toca debe ser el único que arrostre la batalla con él, a solas, hasta el final); que al toro se le somete a una tortura (cuando en realidad lo propio de la definición de tortura es no dar opción de defensa a la víctima, y hasta un niño sabe que un toro posee dos muy visibles defensas en su cabeza, también denominadas cuernos); que el toro va a una muerte segura (cuando en realidad, si escapa del perímetro del pinar, a cuyo arenoso terreno está adaptada su pezuña -no nuestros pies humanos- , salva su vida, opción que no se le da a los miles de animales que se matan en mataderos cotidianamente); que los participantes exhiben ojos sanguinolentos por su infinita crueldad (cuando en realidad la lucha es noble ante un émulo animal al que se respeta y trata como lo que es: una especie hecha para luchar, no para acariciarlo como a un peluche); y que está muy mal matar toros por diversión (cuando en realidad aquello no es un pasatiempo ni “divertido” -si así fuera, se repetiría cada “finde”-, sino un combate muy serio al que no se da opción a los citados millares de animales que nos comemos cada día porque se les mató en un matadero).  

Mi segunda constatación gozosa sobre el Toro de la Vega fue que era de esos asuntos en que un montón de gente está muy empeñada en prohibirle a otra que hagan lo que desean hacer. Entiéndaseme bien: por supuesto las leyes tienen derecho a prohibirnos a unos seres humanos que atentemos contra otros: ahí las leyes no solo no dañan, sino que justo protegen la libertad (gracias a que hay una ley contra el asesinato, por ejemplo, yo puedo sentirme más libre por la calle -y eso a pesar, también por ejemplo, de que algunos anti-taurinos te lanzan enseguida amenazas atroces cuando observan que no estás de acuerdo con ellos).  

Ahora bien, para prohibir que se hagan cosas que no dañan a nadie siempre he pensando que hay que tenerle muy cogido el gusto a eso de prohibir. En democracia, no basta con que a mí me disguste algo para prohibirlo: debo demostrar que atenta contra los derechos de otra persona. Mas en el caso del toro de la vega parece abundante el número de estos prohibidores entusiastas que te prohiben una cosa solo porque a ellos no les gusta, aunque no atente contra ninguna persona y, quien no quiera verlo o participar en ello porque toca su sensibilidad, sea plenamente libre de no hacerlo.  

Hay que reconocer que algunos de estos prohibidores entusiastas son sin embargo coherentes: quieren que se reconozca a lo toros igual derecho que a las personas. Y que, por lo tanto, no podamos matar ni a unos ni a otras (ni a corderos, cerdos, conejos, almejas…) y mucho menos para comérnoslos (qué asco, el canibalismo hacia nuestros iguales).  

Ahora bien, la mayoría de la gente estamos lejos de llegar a esos extremos. Y, por lo tanto, a aquellos pocos que vienen a querer prohibirnos comer carne y todo tipo de sacrificio animal (que es a lo que en realidad aspiran las asociaciones y partidos anti-taurinos españoles, no lo olvidemos: basta darse una vuelta por sus páginas web) habría que contemplarles con no más de cierta distraída atención mientras gustamos pacientemente del jamón ibérico que la mayoría no estamos dispuestos a dejarles que nos prohiban, por mucho que ellos, ayunos de los placeres de la carne, acaso pretendan sustituir- los por el placer de prohibir.

El filósofo también ha suscrito el siguiente manifiesto sobre el Torneo del Toro de la Vega:

1. Los abajo firmantes, aficionados o no a la fiesta de los toros, defendemos en cualquier caso el derecho a su existencia, tanto en sus versiones de tauromaquia popular como en sus variantes más comerciales, siempre que se mantenga la obligación de quienes la organizan, entendida como contrapartida al anterior derecho, de preservar la integridad y las características consustanciales al auténtico toro de lidia, verdadero fundamento de la fiesta.

2. Por eso creemos que el festejo del Toro de la Vega de Tordesillas reúne las mejores y más nobles características de la fiesta, ya que desde tiempo inmemorial se lidia un toro de gran trapío y con sus defensas íntegras, ejecutándose las suertes taurinas clásicas de la lanzada a pie o a caballo en campo abierto, en terrenos favorables al toro y sin burladeros u otros refugios artificiales que protejan a los torneantes. Todo ello llevado a cabo mediante un estricto reglamento, que se aplica con un rigor envidiable, rigor que ya quisieran presenciar, en muchas ocasiones, los aficionados que pagan muy caras localidades en festejos taurinos comerciales.

3. Además, el rito, pues de eso se trata, se desarrolla de manera altruista y todos los participantes lo hacen de forma desinteresada, tal y como asombró ya en su momento al gran torero Manolete, que exclamó al verlo: “y esto lo hacen de balde, con gusto, qué barbaridad”.

4. Sin embargo, su gran aceptación popular, con la asistencia de decenas de miles de personas, la mayoría espectadores situados detrás de las talanqueras, ha propiciado, al difundirse imágenes de la muchedumbre por los medios de comunicación, la demagogia y el uso de mentiras, como que se trata de un abuso de muchos torneantes contra un solo animal; llegándose a retorcer el recto sentido de palabras como “linchamiento”, para ponerlas al servicio de una estrategia de desinformación. Nada más lejos de la realidad, pues en principio se trata de un encierro, como los de los sanfermines, en el que los corredores y recortadores asumen un riesgo considerable y no pueden atacar al toro, hasta que no llegue al lugar adecuado, y perfectamente señalado, del palenque.

5. En ese momento, y mediante una señal acústica se anuncia que ya es lícito intentar alancear al toro según las normas del torneo, de tal modo que los lanceros, habitualmente no más de una docena, repartidos entre los que van a pie (los menos) y a caballo, pueden intentar abatir al toro, si se atreven, de uno en uno y cuerpo a cuerpo según los siguientes artículos del reglamento: art. nº 28 (“El alanceamiento del toro, deberá ser a cuerpo limpio, sin ningún tipo de engaño y en la salida o huida del lancero no deberá haber ninguna defensa u obstáculo artificial que beneficie al lancero para su posible cobijo”) y art. nº 29 (“Se intentará el orden en la lidia, respetando al primer lancero que haya osado alancear al toro”).

6. Si el toro atraviesa los límites establecidos en la vega o bien resiste en el palenque durante un tiempo determinado, es declarado vencedor del torneo, siendo indultado, como ya ha ocurrido varias veces, las dos últimas en 1993 y 1995.

7. Mientras transcurre la lidia se suceden en la hermosa vega pinariega, durante no más de unos pocos minutos, breves lances de una belleza arrebatadora que recuerdan a los aguafuertes de Goya y a las estampas del arte de torear de Pepe-Hillo; esencia todo ello de la verdadera tauromaquia o lucha de un frágil y valeroso hombre, consciente de su mortalidad, frente a un animal poderoso y fuerte, al que sin duda admira profundamente y respeta en la esencia misma de su ser, tratándolo como lo que es, un toro bravo y no como a un animal de leche o de carne o como a una mascota de peluche (a los que, por supuesto, hay que darles el trato que a cada uno les corresponde: lo contrario es el verdadero “maltrato” animal).

8. En resumen, comparado con muchas de las habituales corridas comerciales, el torneo del Toro de la Vega resulta ser más noble y puro, por realizarse en mayor igualdad de armas, como atestiguan las numerosas cogidas de torneantes; siendo un rito sacrificial que ha conservado con gran verdad el fundamento primitivo del toreo.

9. Por todo ello y mientras las corridas comerciales sigan siendo legales no se puede entender ni tolerar el ensañamiento mediático e ideológico con este festejo popular, orquestado mediante una ya larga campaña impulsada por asociaciones animalistas, de carácter extremista, que quieren aprovecharse del desconocimiento o desinterés de gran parte del público, incluso taurino, para atacar a la fiesta por el lado que ellos creen más débil, mediante el uso de estereotipos detestables pero eficaces (gente de pueblo, bruta, etc), en estudiada estrategia que conduce a la prohibición escalonada de la fiesta popular, primero, y de la tauromaquia en su conjunto después; para imponer finalmente a toda la sociedad su moral particular, atacando en sucesivas etapas el uso de animales para la alimentación, el vestido o la experimentación de nuevos medicamentos (no inventamos nada; cualquiera puede, leer sus programas en internet).

10. Exigimos, por tanto, a los medios de comunicación y a los responsables políticos que actúen con prudencia y seriedad y que no se dejen arrastrar por movimientos de exaltados que fomentan el enfrentamiento social y la intolerancia; políticos y periodistas que deben sopesar el fundamento y la importancia de este rito tradicional, poniéndolo siempre en relación con el mundo del que forma parte, el de la tauromaquia en su conjunto, impidiendo con todos los medios lícitos y legítimos a su alcance, al menos mientras las corridas y la fiesta de los toros sean legales, el acoso. insulto y maltrato, por parte de organizaciones radicales, al valeroso y noble pueblo de Tordesillas.

Este manifiesto también ha sido suscrito por los siguientes profesores universitarios de ambos lados del Atlántico:

– Javier Hernanz Pilar (Universidad de Valladolid).
– Jesús González Requena (Universidad Complutense de Madrid).
– Luís Capucha (Instituto Universitario de Lisboa ISCTE-IUL).
– Julio César Goves Narváez (Universidad Nacional de Colombia).
– Gabriel Arturo Castro (Universidad del Tolima).
– Amaya Ortiz de Zárate (Universidad Complutense de Madrid).
– Lorenzo J. Torres Hortelano (Universidad Rey Juan Carlos).
– Tecla González Hortigüela (Universidad de Valladolid).
– Basilio Casanova Varela (Universidad Complutense).
– Luis Martín Arias (Universidad de Valladolid).

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