Carlos Rodríguez Braun, en defensa de los toros

El catedrático, columnista, ensayista y economista Carlos Rodríguez Braun escribe en ABC (junio/2005) en defensa de la caza y los toros:

Usurpo el título orteguiano para denunciar a totalitarios contemporáneos, no porque cultive ninguna peculiar afición cinegética y taurina, sino porque pienso que su defensa interesa a los amigos de la libertad.

En el Reino Unido, nada menos, han prohibido la caza del zorro, nada menos, echando mano de una Ley de emergencia que permite saltarse la Cámara de los Lores, y a la que se ha recurrido sólo por cuarta vez desde que fue aprobada en 1911. Dentro de nada el Gobierno laborista obligará a llevar el DNI, que los británicos sin merma de sus libertades han eludido hasta hoy. El mismo impulso antiliberal enlaza ambas medidas, que no obedecen ni a la seguridad ni al cuidado de los animales.

Como recordó Lionel Shriver en el Wall Street Journal, los zorros son una plaga, y la prohibición de su caza ni impedirá ni reducirá su sufrimiento: “A los zorros se los seguirá matando. La única cuestión es cómo. Pese a su aparente salvajismo, los perros matan a su presa en una media de dos a tres segundos, mucho menos de lo que tarda en morir un zorro tras un disparo no certero. De ahí que incluso los partidarios de la prohibición se hayan concentrado en la «ansiedad» del zorro cuando es perseguido, más que en su piadosamente breve agonía”. La caza no es sólo aristocrática, pero irrita a los bienintencionados progresistas urbanos: “La caza del zorro convirtió una necesidad, erradicar a los depredadores del ganado, en un ritual, una excusa para retozar a caballo, al aire libre, con camaradería y bebida reconfortante. Y ahí está la clave. Para los virtuosos, matar animales severamente está bien, pero matarlos y divertirse es sadismo y resulta por tanto inaceptable”. En España y el resto de Europa también florece “la tiranía de la bondad”, como la llama irónicamente Shriver: “No se trata de hacer el bien sino de pretender hacerlo, y de decirles a los moralmente inferiores lo que pueden o no pueden disfrutar. La prohibición de la caza trata de la vanidad”.

Así como dicha prohibición tendría desastrosas consecuencias para los animales, como se ha visto en años recientes en África, la de la Fiesta taurina simplemente exterminaría el toro de lidia, acaso el animal más bello que existe.

Es evidente que la oposición de Esquerra Republicana a los toros en Cataluña es un descarado aprovechamiento de la prédica ecologista, cuando en realidad lo único que quieren es profundizar su ficción nacionalista. Concluyó con acierto Zabala de la Serna: «El toro es la excusa, porque huele a España»; aunque, como demostró Andrés Amorós en esta misma página, la Tauromaquia es una fiesta catalana. Y también son catalanas y andaluzas y españolas las multitudes que celebran la Feria de Abril ante la fascista indignación de los nacionalistas pur sang.

Pero dejemos esta estratagema ideológica de lado, y veamos el argumento tal como se lo presenta: la defensa de los “derechos” de los animales. En el interesante debate que organizó ABC en su delegación de Barcelona, el parlamentario de ERC Oriol Amorós dijo que la preocupación por los animales es un salto evolutivo en un proceso que “empezó con una relación antropocéntrica” y que gracias a la ciencia ha llegado a lamentar el padecimiento animal.

Esta asombrosa tesis contradice la antropología y revela, además de la ignorancia de los autodenominados progresistas, la paradoja de que son en realidad clamorosamente reaccionarios. La inquietud por los animales no tiene nada de moderna, sino que se remonta a la humanidad más primitiva: el antropocentrismo es muy posterior y es, él sí, moderno. Los estudiosos de la antropología y la mitología están hartos de discutir cómo la larga época de los cazadores generó la compensación psicológica que divinizó a los animales y de hecho desembocó en la doctrina de la superación de la muerte a través de la reencarnación. Este es el primitivismo que vuelve disfrazado de progresismo. Con mucha razón denunció el vasco-francés Bastiat a los socialistas a mediados del siglo XIX y los acusó de ser lo contrario de lo que se vanagloriaban: antiguos (véase su clásico La ley, de próxima publicación en Alianza Editorial). Enrique Garza, secretario general de la Asociación Nacional de Organizadores de Espectáculos Taurinos, dio con esta idea cuando amonestó a los enemigos de la Fiesta: “Estáis situando al toro biológicamente en el mismo plano que al hombre”. Tal el quid del totalitarismo: diluir la importancia de las personas.

Oriol Amorós llegó al insultante ridículo de comparar la tradición del toro con los malos tratos a las mujeres, y trazó la línea que prohíbe la diversión con animales: “Si la muerte se justifica por la necesidad de alimentación, bien, de acuerdo; si la muerte es por un espectáculo es algo prescindible”. Evoqué a Adam Smith, cuando habla de las pequeñas sectas rigurosas y antisociales, en las que encajarían los ecologistas, viejos enemigos de la caza y los toros. Según el pensador escocés, las diversiones públicas pueden «disipar fácilmente en la mayoría del pueblo ese humor melancólico y apagado que casi siempre es el caldo de cultivo de la superstición y el fanatismo», y de ahí que los “iluminados promotores” de estos últimos siempre las hayan temido y odiado (La riqueza de las naciones, Alianza, página 729).

Cualquier persona que haya estado en un matadero sabe que la vida y la muerte de los animales allí es más lúgubre y atroz que la del toro peor lidiado: no es el maltrato animal lo que estos supuestos progresistas quieren evitar; dejando de lado el frenesí nacionalista, lo que desean impedir es la Fiesta, es la diversión. Aceptan la muerte triste del animal, no la festiva.

Análogo extravío el de Gustavo Martín Garzo, que comparó los zoológicos con los campos de concentración, y avaló a John Berger, que sentenció que los zoos “son el monumento vivo a la imposibilidad del hombre actual para reencontrarse con la mirada animal”. Según el escritor español deberíamos oponernos a los zoos porque privan a sus forzados huéspedes de su hábitat natural. Ya hemos visto que estas bonitas palabras nos retrotraen al “progresismo” de la humanidad más ruda.

El pensamiento único tiende a mirar siempre con buenos ojos a las instituciones internacionales, como las Naciones Unidas o la Unión Europea. Por eso me pregunto cuántos admiradores de la Unesco conocen su apocalíptica y absurda definición de tauromaquia: “Terrible y venal arte de torturar y matar animales en público, según unas reglas, desnaturalizando la relación entre hombre y animal. Constituye un desafío a la moral, la educación, la ciencia y la cultura”. Y cuando la Fiesta sea suprimida en Europa, o el vegetarianismo impuesto, me pregunto cuántos recordarán el artículo III-121 del Tratado constitucional europeo, que dice: “La Unión y los Estados miembros tendrán plenamente en cuenta las exigencias del bienestar de los animales como seres sensibles”. (Es verdad que se añade que respetarán leyes y usos, pero ¿qué garantía tenemos de la conducta política ante sus propias contradicciones?)

En fin, dedico un último párrafo a los que están convencidos de que la hostilidad a la caza y los toros es señal de progreso. Pues si lo es, entonces hubo un gran gobernante progresista que prohibió la caza del zorro y declaró que en su país “no debe haber cabida para la crueldad con los animales”. Fue Adolfo Hitler.

Carlos Rodríguez Braun en defensa de los torosBraun vuelve a defender la Fiesta de las prohibiciones en otros artículos:

El objetivo es derribar las que Schumpeter llamaba “fortalezas privadas”, dejando a la persona sola, sin que exista nada entre ella y el poder. Así es como un día se prohíben los toros (Fuente)

¿Qué pasaría con la libertad de los ciudadanos si en lugar de dos partidos mayoritarios hubiese más? Nada permite predecir que mejoraría. Un sistema con varios partidos está perfectamente capacitado para subir los impuestos, imponer multas, expulsar a los fumadores de los bares y prohibir los toros. Quizá esas intrusiones exigirían algo más de tiempo y negociación, pero se producirían de todas maneras (Fuente)

Los lamentos que suscitó la prohibición de los toros en Cataluña podrían haber sido aún más plañideros. Nadie protestó porque una decisión de tal suerte pudiera ser sometida a votación en un Parlamento. Pero si aceptamos que nuestros derechos y libertades pueden ser violados, aunque sea votando,  tenemos el desenlace inevitable de la expansión ilimitada de la coacción y del desconcierto moral: si las autoridades son capaces de facilitar el aborto de niñas adolescentes pero de prohibirles severamente fumar, porque fumar está muy mal, ¿alguien piensa que no serán capaces de acabar con los toros bravos? (…) El Presidente Zapatero aseguró que él no habría prohibido los toros, como si la acción y la omisión de los socialistas catalanes y no catalanes no hubiesen tenido nada que ver con lo sucedido, y terminó aconsejando no politizar el asunto” (Fuente)

Es llamativa la apelación a la sociedad civil en nuestro tiempo, cuando esa misma sociedad ha transferido al poder la capacidad de establecer y promulgar reglas sociales que constriñen necesariamente el ámbito de esa misma sociedad civil. Desembocamos en amplias incursiones en la vida social. En Cataluña se debatió sobre los toros pero nadie pareció alarmarse porque la discusión haya tenido lugar en el parlamento. Es decir, no se discutía a favor o en contra de la tauromaquia, sino sobre la necesidad o no de que el poder político respete la libertad de algunos de ir a los toros o viole esa libertad para todos (Fuente)

De hecho, aunque sus publicaciones suelen referirse a cuestiones de economía y política, Rodríguez Braun también ha comentado en sus perfiles en redes sociales su asistencia a acontecimientos taurinos como, por ejemplo, la encerrona de Morante de la Puebla en la corrida goyesca de Ronda (año 2013). Por otro lado, ha hablado en términos similares a la Fiesta cuando ha tratado la contribución ecológica de la caza.

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