El toro de lidia llegó a Ecuador en el siglo XVI

Artículo de Santiago Aguilar publicado en el diario La Hora de Quito.

Fundada definitivamente la ciudad de Quito, la tarea de fijar la fecha en la que se llevó a cabo el primer espectáculo taurino en la naciente urbe, conduce nuestra investigación a los días en que llegó el toro español a la línea ecuatorial. Partamos del hecho de que el Virreinato de Nueva España, en especial México, se convirtió en el centro ganadero del nuevo mundo.

Su llegada

El toro ibérico, en especial el de origen navarro, llegó a la, en aquel entonces, Gobernación de Quito procedente del Virreinato de Nueva España transportado por las rutas marítimas utilizadas para abastecer de ganado al Virreinato del Perú. Se cree que el puerto de desembarque fue El Callao y, desde ahí, los conquistadores lo condujeron al norte por las estribaciones de la Cordillera de los Andes. Datos históricos confirman que la llegada de un gran número de reses a Quito respondía a las necesidades de alimentación de la población en aumento. De hecho, en 1537 se realizaron las primeras marcas para el ganado, tarea indispensable por el crecimiento de los hatos ganaderos.

Desarrollo

En la segunda mitad del siglo XVI, Quito vive un lapso de desarrollo social, político y económico. El papa Paulo III la erige en Obispado. En 1556, los Reyes de España le otorgan la condición de ‘Muy Noble y Muy Leal’ y más tarde, en 1563, el rey Felipe II establece la Real Audiencia de Quito. Aquel desarrollo se fortaleció por la apertura de puertos que facilitaron el intercambio comercial, el caso de Manta, Bahía de Caráquez y Guayaquil, es un ejemplo de esto.

Quito, entonces, se aproximó a Nueva España y al Perú. El ingreso y salida de productos se multiplicó debido a la bonanza económica de aquellos años, basada en el crecimiento de la agricultura y de una floreciente industria textil y minera, además, del sorprendente desarrollo cultural manifestado en la arquitectura, la imaginería y la pintura.

La estructura económica y la dinámica de expansión mantenida por varias décadas dieron lugar a la consolidación de la hacienda como la principal unidad de producción. Las más importantes propiedades se encontraban en manos de las órdenes religiosas, en especial de los jesuitas, que aplicaron en sus vastas propiedades ‘nuevas técnicas’ de planificación y explotación agrícola y ganadera.

Las actividades productivas de los religiosos y su afición a los toros derivaron en el vertical crecimiento del número de cabezas de ganado en sus tierras. Un registro de 1633 fija en 7000 las reses existentes en la hacienda Pedregal.

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