Joselito y Murube, ¿Juli y Garcigrande?

André Viard dedica el nuevo Opus de Tierras Taurinas a la ganadería de Garcigrande-Domingo Hernández. Comparto la interesantísima reflexión que da pie a este gran trabajo, que se puede comprar aquí.

En los cercados de Garcigrande y Traguntia, las dos fincas que Domingo Hernández posee
en Salamanca, su hijo Justo cría el toro del «tercer grado» necesario para la Fiesta 2.0; del mismo modo que, hace un siglo, el toro moderno se concibió en Juan Gómez, bajo la tutela de Murube.
En ambos casos, el futuro se contempla a través de los ojos del torero : Joselito entonces, El Juli hoy. Los gustos del primero desembocaron en la supremacía de la parte de Murube, que acabó en manos de Ybarra y después Parladé. En este opus nos planteamos si, actualmente, Domingo Hernández y su hijo Justo, con el apoyo de El Juli, están creando el toro del futuro a partir de esta misma rama.
No deja de resultar paradójico : para los aficionados toristas, dicho toro –al que a menudo llaman «Garcichico» o «Mansigrande»– es sinónimo de decadencia total, mientras que, para los toreros que se lo rifan, supone una garantía de triunfo. Gustos a un lado, el caso merece una investigación, incluso si la tarea resulta tan compleja como distinguir un objeto volador no identificado (OVNI). Sin embargo, al tratarse de la ganadería –dos, en realidad– que más éxitos ha propiciado en los últimos años merced a su regularidad, urge desempeñar esta empresa. Al fin y al cabo, posiblemente, en Garcigrande, se está cociendo el porvenir de la Fiesta.

EL TERCER GRADO DEL TOREO

Si estudiamos detenidamente la historia de la técnica del toreo, la primera evidencia que salta a la vista es que los muletazos no han dejado de alargarse y de profundizarse, desde los trapazos que se daban en el siglo XIX hasta las verdaderas obras de arte que se dibujan hoy. Antes de Belmonte, el pase duraba medio suspiro y siempre se remataba por alto y de puntillas. Con Manolete, el muletazo se reducía al embroque, muy emocionante, puesto que la pañosa retrasada acentuaba la sensación de peligro -que era real-, mientras que el muñecazo final vaciaba la embestida nada más superar la cadera del torero. Luis Miguel entendió que, al poseer menos carisma que Manolete -pero mucho más que el resto-, tenía que instrumentar muletazos más largos y encadenados para emocionar tanto como él. Así nació el pase circular, aprovechando la inercia de unos toros a los que les costaba seguir los flecos de la muleta humillados hasta el final. Luis Miguel tampoco adelantaba la muleta, pero conducía los toros mucho más que Manolete, a media altura, eso sí, aunque con gran dominio de sus trayectorias. En la misma época, otros toreros procuraron imponerse a través del clasicismo de Belmonte, sin conseguir casi nunca la misma ligazón que permitió a Luis Miguel convertirse en el número uno. Para el público, la continuidad de los muletazos representaba la marca de los elegidos. El toro de estos años 50 y 60 poseía movilidad y ligereza de carnes, sin embargo, raramente humillaba hasta el final de sus embestidas, saliendo más bien suelto de las suertes. Pero se movía mucho y no siempre desarrollaba fijeza, revalorizando lo que se hacía delante de él.

Torearlo sin ventajas implicaba un mérito enorme y, si bien ninguno de aquellos diestros llegó a consagrarse como torero de masas, a pesar de ser considerado figura, fue porque los verdaderos aficionados siempre representaron una minoría en las plazas de toros. El mismo Antonio Ordóñez, que elevó la estética del toreo a un nivel de majestuosidad hasta entonces desconocido, resultaba menos taquillero que El Cordobés, cuya tauromaquia iconoclasta se basaba sobre la continuidad de los muletazos, cimentada por su aguante. A primeros de los ochenta, Paco Ojeda barrió también, combinando clacisismo y vanguardia, al realizar el toreo de Ordóñez en el sitio de El Cordobés y Manolete. Empaque y ajuste. Ordóñez nunca ligó tanto como Ojeda, mientras que ni El Cordobes ni Manolete consiguieron pegar muletazos tan largos citados tan en corto. Ojeda abrió una nueva puerta y los que pretendían subsistir a su lado debían apretarse los machos. Ortega Cano fue quien mejor lo consiguió, y con más ortodoxia, mientras que Manzanares, del palo de Ordóñez, multiplicó las faenas grandiosas. Cuando el alicantino le dio la alternativa en Nîmes a un jovencísimo Juli en presencia de Ortega, nadie podía predecir que se adivinaba una nueva época de la tauromaquia. Juli, en ese momento, era un polvorín. Quince años después, el terremoto de los comienzos se ha convertido en un diestro todopoderoso, cuya capacidad lidiadora -enciclopédica- no tiene nada que envidiar a la del gran Joselito. Y como ocurrió con todos los toreros capaces de marcar una época, el encumbramiento del Juli supuso una modificación del toro con el fin de amoldarse a su toreo. Lo que empezó a buscarse entonces fue un toro capaz de perseguir esa enérgica muleta hasta las últimas consecuencias, cambiando la estructura del muletazo. Si con Belmonte la emoción surgía al adelantar su muletita plana y con la belleza del embroque, y con Manolete al vaciar de un muñecazo seco la embestida a la altura de la cadera, la verdadera dimensión de El Juli surge de la cadera p’atrás gracias a su capacidad para prolongar los muletazos más allá del límite natural y encadenarlos. Ese logro fue posible cuando algunos ganaderos consiguieron criar un toro adaptable a las muy exigentes trayectorias que dibuja su muleta. Para llegar hasta el final de los pases, dicho toro requiere fondo, fijeza, capacidad para embestir despacio y mucha flexibilidad… Aunque no despierte una emoción comparable a los astados que poseen una embestida boyante, brusca o picante. La emoción, si surge, nace de la profundidad de los muletazos del diestro, capaz de acoplarse a su temple. Algo que no está al alcance de todos. Gustos aparte, ésta es la evolución de la Tauromaquia que presenciamos hoy en el nivel más alto.

Salvando las distancias, esta evolución puede compararse con la que inició Joselito -sin tener tiempo para llevarla a cabo- cuando adivinó que, de todos los encastes, el que mejor se adaptaba al toreo que llevaba en la cabeza era el de Murube. No en vano, una vez desaparecido Joselito, Juan Belmonte explicó a muchos ganaderos que la vaca buena era la que trazaba un surco en la arena con el hocico… A partir de esta capacidad para humillar, algunos ganaderos empezaron a buscar el ritmo en las embestidas, lo que a su vez favoreció la prolongación del muletazo. Del ritmo de las embestidas nació la cadencia del toreo, algo que el genial Bergamín definió como “su música callada”. En esta búsqueda del toro propicio para el toreo post-belmontino, Carlos Núñez fue un adelantado: supo encontrar en algunas de sus reses una capacidad distinta, procurando transmitirla en todas. Esa forma de “tranquear” -capacidad del toro para embestir con ritmo lento más allá de los vuelos de la muleta-, ayudó a que los diestros de su época -Antonio Ordóñez, el primero- hicieran evolucionar el toreo. Desde entonces, al toro moderno se le exigió cada vez más duración y que embistiera de manera casi perfecta para facilitar la expresión artística de la Fiesta. Actualmente, los toreros piden a los ganaderos que el toro llegue a la muleta con una velocidad, para que después el animal se reduzca, a sí mismo, en su afán por seguir la tela en redondo. Ya no se trata exclusivamente de tranquear, sino también de “gatear”. Es decir, al toro de hoy, se le demanda embestir a cámara lenta y muy en redondo, sin cerrar el círculo de la embestida ni interrumpirla, creciéndose cuando más se le aprieta y yendo a más sin abandonar el temple. Este toro del tercer grado, ideado para la Tauromaquia 2.0, ya se cría en varias ganaderías. No obstante, el más adelantado es Justo Hernandez, un criador tan inconformista que afirma haber creado su ganadería a partir de dos mansos enclasados. La polémica está servida, pero también hablan los resultados: igual que los de Murube o Contreras para Joselito, o los de Villamarta para Manolete, los toros de Garcigrande han permitido, entre otros logros, la salida a hombros de El Juli en todas las plazas de primera categoría de Europa, excepto la de Madrid.

¿El toro que crían en Garcigrande y Traguntia puede considerarse el del futuro? Hace un siglo, cuando Joselito orientó la selección en las ganaderías de Murube, nadie imaginaba que sus gustos desembocarían en el predominio del mal llamado “monoencaste”. ¿Quién dice que dentro de un siglo -en caso de que sepamos defender la Fiesta-, los historiadores no escribirán que Justo Hernández creó el toro “moderno” con la ayuda y complicidad de El Juli?

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