Los toros en la calle baten récords: 18.357 festejos populares en 2017

Salva Ferrer publica un interesante especial sobre tauromaquia popular en las páginas del diario El Mundo

Los toros han tomado las calles. Una invasión. El número festejos populares celebrados en 2017 es apabullante. Hasta tal punto que, de nuevo, han fulminado su propio récord con 18.357 espectáculos. Si se suman los organizados en plaza (1.525), la cifra frisa los 20.000 eventos taurinos. Una oportunísima locura en medio del debate social abierto en España sobre los toros. Una contracción entre la política, las redes, los medios y la realidad del continuo ascenso de la tauromaquia popular. Año tras año, sube y sube. Y a le vez neutraliza la caída de la llamada lidia tradicional.

Las Comunidades de Navarra -ahora que vienen los Sanfermines, la fiesta universal en torno al dios Tauro-, Valencia -los juegos mediterráneos del toro casi cretense-, Castilla-León, Castilla-La Mancha y Aragón celebran en sus tierras 15.752 eventos con el toro como tótem, un 85,8% del total.

Demuestran los números que asociar la tauromaquia únicamente con el arte del toreo es un error. El toreo es la manifestación más artística de la tauromaquia, su sublimación consumada en un arte ancestral. Pero la tauromaquia comprende manifestaciones y tradiciones de heterogénea génesis y muy diversa expresión. España, cuyo mapa físico es la metáfora de una piel de toro, es un país donde el toro habita en las entrañas de su cultura. El toro como eje y vertebración cultural del país es materia incuestionable.

Manifestaciones y tradiciones como el toro de fuego de Medinacelli, los roscaderos de Aragón o sus vaquillas, los encierros de Pamplona, el toro embolado de Valencia, el toro de cuerda de Chiva, los encierros a campo abierto en las dos Castillas, los bous a la mar de Denia, la entrada de toros y caballos de Segorbe, los espectáculos de recortadores, concursos de emboladores… Y, por supuesto, las corridas de toros, las de rejones, las novilladas con y sin picadores, las becerradas, las clases prácticas, los espectáculos cómicos.

Tradiciones, ritos, juegos que tienen en el toro el protagonista principal. El toro, animal totémico. El toro, un patrón, una virgen, la plaza de un pueblo en fiestas. Una imagen estática, en blanco y negro o a todo color, de nuestra cultura. La corrida a la portuguesa, la corrida landesa, los toros de la Camarga, los forcados de Portugal acentúan la universalidad del toro en el sur de Europa, que se cría en España, Francia y Portugal.

La conmovedora fuerza del toro y su indisoluble relación con la historia del hombre constituirían por sí mismas un tratado de antropología, historia y civilizaciones. La tauromaquia como espectáculo tradicional y el toro en las calles como festejo popular siempre han estado instalados en la dimensión cultural del hombre. En el Foro taurino de EL MUNDO en Madrid celebrado hace dos años, César Rincón, maestro colombiano y máxima figura del toreo en los años 90, aseveró que los elementos que más unían España e Hispanoamérica eran el idioma, la religión y el toro. Tres lenguajes, tres modos de comunicar.

Aunque la cultura del toro se justifique por el mero hecho de ser un “acontecimiento” nacional y cultural, por emplear un concepto que acuñó Tierno Galván en su ensayo Los toros, acontecimiento nacional, el sector del toro hoy se plantea nuevos argumentos como sostén de su esencia y permanencia. La ecología y la economía son dos pilares modernos de defensa ante los ataques sibilinos del antitaurinismo radical, muy instalado en la clase política.

El motor económico del sector taurino, el segundo espectáculo de masas de este país, y las miles de hectáreas que se dedican a la cría del toro de lidia (para plazas o calles) condensan argumentos como para ver en el toro un escudo ecológico y un motor económico de primera magnitud. Victorino Martín, ganadero, veterinario y presidente de la Fundación del Toro de Lidia, apunta que “la repercusión del toro de lidia en el ecosistema es tremenda. Más de 500.000 hectáreas se dedican a la cría del toro y, además, se favorece el ecosistema, los terrenos protegidos, la fauna y la flora que viven donde habita el toro. Y no nos olvidemos que el toro está fijando población rural en zonas desfavorecidas. Por cada trabajo de la ganadería mansa, la de bravo sustenta cinco. Son muchas las familias que viven por las ganaderías”.

Otro argumento de gran relieve que sostiene el fenómeno de la tauromaquia, menos utilizado entre el gran público y los propios aficionados (el sector anti lo ignora por completo), es el patrimonio genético que representa el toro de lidia. El toro, más allá de ser un herbívoro bicorne de cuatro patas, es la “única aportación a la zootecnia universal”, según apuntó el ilustre veterinario Cesáreo Sanz de Egaña. Los encastes, la diversidad genética del toro de lidia, sus cruces, sus sangres al margen de las castas fundacionales.

“La raza del toro de lidia no es una raza, es un conjunto de razas que llamamos encastes. La distancia genética entre todas las cabras del mundo es de un 5%; la distancia genética del toro de lidia supera el 30%, circunstancia que nos lleva a pensar que son razas en sí mismas y constituyen una joya genética, un patrimonio social que, además, hacen feliz a mucha gente porque el toro es una forma de vida”, relata Victorino.

El festejo popular acrecienta su peso a lo largo de la piel de toro y posiblemente sea la dimensión de la tauromaquia que más requiere la práctica totalidad de los encastes existentes. Valencia, de nuevo, sigue siendo la Comunidad autónoma con mayor número de festejos populares que suelen ser el embrión, además, de los futuros aficionados al toreo en la plaza.

Precisamente la afición de la ciudad de Valencia ideó una macro manifestación taurina -no la primera de la historia que fue en Castellón pero sí la más potente mediáticamente- para frenar los impulsos prohibicionistas del Ayuntamiento valenciano. Eliminar una cultura para imponer otra, censurar y prohibir siempre han sido verbos que han conjugado los regímenes dictatoriales. Esta idea autoritaria de gobernar permanece intacta en pleno siglo XXI pese a que la tauromaquia está protegida en la Constitución de 1978 como lo demuestra el hecho de que el Tribunal Constitucional anulara la prohibición de la Fiesta de los toros en Cataluña el 20 de octubre de 2016. “Nos están poniendo todas las trabas del mundo para conseguir que la tauromaquia sea inviable”, sentencia Victorino Martín.

En un estudio de ANOET, la Asociación de Organizadores de Espectáculos Taurinos, sobre los últimos 10 años se observa un crecimiento meteórico del festejo popular: 2017 arrojó un récord histórico de 18.357. La diferencia es esta: en 2007, por cada festejo en la plaza se celebraban cuatro festejos populares; en 2017, por cada festejo tradicional, se desarrollaron 12 populares. Justo el triple, un equilibrio que compensa y neutraliza la caída del festejo tradicional. Una caída natural en tiempos de crisis y sobrecostes: el ocio se resiente.

Juanma Lamet, periodista de Expansión y patrono de la Fundación del Toro de Lidia, analiza los datos de ANOET: “Es un récord absoluto e histórico de los festejos populares, nunca ha habido tantos toros en las calles”. Y analiza con incredulidad: “Hay una corriente social muy creciente con los toros que se está viendo silenciada por los medios”. La Fiesta de los toros o ser taurino comienza a enmarcarse dentro de lo políticamente incorrecto. Ir a los toros es un ejercicio de subversión y rebeldía ante el código moral imperante.

Mar Gutiérrez, secretaria técnica de ANOET, incide en que “la tauromaquia está viva y no en decadencia como se empeñan en acentuar colectivos animalistas. Los espectáculos populares se consolidan como verdadera fuerza motriz que tira de la tauromaquia con 18.357 populares en 2017 y la Comunidad Valencia con 9.715 espectáculos representa el 52,92% del total de populares”.

Vicente Nogueroles, presidente de la Federación de Bous al carrer e ideólogo y artífice de la manifestación del 13-M de 2016 en Valencia, subraya que el fenómeno taurino en la Comunidad Valencia cohabita con un movimiento cultural, económico y festivo que vertebra de norte a sur el territorio valenciano. “Este movimiento -matiza Nogueroles- considerado por una parte de la sociedad como una forma de vida e incluso como una religión y por otra parte como una barbarie que se debería abolir, sobrepasa los límites de afecto del pueblo valenciano por encima de otros aspectos culturales de esta tierra como las Fallas de Valencia, las Hogueras de Alicante o la Magdalena de Castellón”.

Tras el bache provocado por la crisis, los festejos en el computo global de la suma de las plazas y las calles siguen creciendo en España desde el año 2013 (15.852) hasta el 2017 (19.882). En 2007 eran 19.312 espectáculos. Pero entonces, y el matiz es importante, se daban 3.637 espectáculos en plaza frente a los 1.525 de la pasada temporada. De las estadísticas y los datos subyace la importancia decisiva de los espectáculos populares, los 18.357, que neutralizan la caída de los tradicionales. El aumento de los costes de producción y los impuestos, la disminución de las ayudas, un mayor conflicto social y político entorno al toro son factores que han incidido notablemente en el crecimiento de los festejos populares en detrimento del festejo tradicional. Y así se ha convertido en tabla de salvación para infinidad de ganaderías.

Esto indica, -en palabras de Mar Gutiérrez-, que “no existe interés en eliminar la tauromaquia sino que el fenómeno responde a un problema de costes, donde este tipo de espectáculo abarata las fiestas, frente al festejo en plaza que, por su tipología y características, es mucho más caro”.

“El festejo popular es la cuna de todo; el toreo tiene su génesis en la tauromaquia popular, sólo que el toreo es un festejo ordenado. Además -prosigue Victorino- estos festejos mantienen encastes en peligro de extinción porque su afición tiene un espectro mayor de gustos y el toro sigue siendo en el gran protagonista a diferencia del toro en la plaza donde el torero le ha superado en jerarquía. El éxito de mi padre fue unir los dos mundos porque tanto en la plaza como en la calle el toro es el eje. El que se ponga delante de un toro bravo, aun corriendo, tiene mérito, decía siempre mi padre”.

La Comunidad Valenciana, Castilla La Mancha, Castilla León, Aragón y Navarra encabezan y comprenden la mayor parte de los espectáculos que se celebran en España (15.752) y la de Valencia emerge como la Comunidad líder en este tipo de tauromaquia siendo Castellón la provincia que más autorizaciones solicita a la administración para el desarrollo de los bous al carrer. En la capital de La Plana, hubo toros 1.310 días en 2017. El dato es apabullante. Sin embargo, en festejos de plaza la Comunidad Valenciana descendió el número de festejos en un 12%.

El toro como motor económico es tan descomunal como desconocido. Nogueroles habla de “un ejército de empresas, o mejor, de pequeñas empresas, la gran mayoría de la localidad en cuestión que basan gran parte de sus ingresos en un día de bou al carrer sin contar la repercusión económica y laboral entre los ganaderos, pastores, emboladores, ambulancias, médicos, enfermeros, conductores, herreros, carpinteros, empresas del textil, seguridad, transporte, alquiler de maquinaria, entre otros, que son parte activa y directa de nuestra Fiesta”. Victorino Martín, que conoce muy bien el festejo popular, habla del toro como “un generador de riqueza aunque todos se han aprovechado de él”.

Alberto de Jesús, gran conocedor de la tauromaquia popular y director de la revista Bous al carrer, apunta que la “administración valenciana encargada de los festejos taurinos ha abogado siempre, y sigue haciéndolo, por la defensa del espectáculo primando la seguridad del espectador y la del propio animal, pero salvaguardándose a sí misma de los posibles ataques de la oposición y de los sectores animalistas”. Desde el punto de vista político, entre los partidos late el miedo social que se puede traducir en pérdida de votos. “Existe ese miedo” -matiza De Jesús- “a perder votos y crear enfrentamientos y eso lo demuestra la politización extrema de la fiesta de los toros en la Comunidad Valenciana”.

El continuo e imparable aumento de los festejos populares conlleva -en palabras de Victorino Martín- “la ventaja de que no hay sangre y eso se vende mejor en una sociedad a la que le importa más la sangre del animal que las de las personas. Mejor dicho, no hay sangre del toro pero sí la hay en el que se pone delante. Es un espectáculo políticamente más correcto”. Y no para de crecer.

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